Independencia y Emancipación. Dos objetivos en pugna.

Independencia y Emancipación.

Dos objetivos en pugna.

            Se conmemoran 202 años de los hechos del 19 de abril de 1810 que marcaron definitivamente el inicio de la guerra de liberación del yugo español en nuestro territorio. Pero vale la pena más que hacer el frecuente análisis sobre los factores que llevaron a los sucesos o la forma en la que se dieron, referirnos a la compleja situación de convulsión social que estalló en los años posteriores y que marcó la historia de nuestro país. Debemos ir para ello más allá de las historiografías oficiales.

            Afirma Vladimir Acosta que existe una tensión entre la independencia y la emancipación como proyectos que expresaban los deseos de sectores sociales no sólo distintos sino que entrarían en una pugna abierta y cruenta. El historiador y filósofo estudia los procesos referidos a los primeros años del conflicto en el país, especialmente a los intereses representados por quienes tomaron las decisiones. Consideramos que estos análisis pueden ser extendidos hasta el estallido de 1814 con la figura de Boves a la cabeza.

Una comprensión de estos fenómenos a partir de las concepciones e intereses perseguidos permite desmitificar una visión orgánica y unitaria de la guerra de liberación, haciendo posible ver que lejos de darse una lucha homogénea entre patriotas y españoles realistas, existió un complejo  proceso social más cercano a una guerra intestina de castas que a una lucha nacionalista claramente tangible.

La idea de independencia se identifica con todos los procesos latinoamericanos por igual, buscando que exista una visión única de éstos, uniforme y ajustada al estudio esquemático y sintético de la historia, el cual termina siendo muy superficial. Se desarrolla la concepción de la independencia como algo abstracto y unívoco que perseguían todos aquellos que se oponían al yugo español. Los hechos y sus consecuencias deben ser vistos de forma regional denotando la complejidad de cada uno, es necesario también hacer hincapié en que a lo interno de cada futura nación hay distinciones fundamentales propias de las convulsiones vividas.

Convertir en sinónimos los conceptos de independencia y emancipación pretendió hacerlos pasar por un mismo proyecto, expresión de los intereses de toda la población en pugna que constituiría los sectores de la futura Venezuela. Además, afirmarán quienes sostienen esto, que el proceso histórico debes estudiarse como una totalidad cerrada, conclusa. Desaparecen así toda diferencia de carácter social en las dimensiones internas del conflicto dándole uniformidad tanto al bloque patriota como realista.

Acosta sostiene que la independencia se constituirá en el objetivo directo de la oligarquía criolla, un objetivo político, obtener el reconocimiento de la independencia por parte de España. La emancipación por la debilidad y el atraso político e ideológico de las masas populares no podrá ser caracterizado con claridad como objetivo de los sectores dominados por los españoles, éstos son explotados directamente por esa oligarquía criolla independentista, pero ese proyecto no deja de expresarse en el desarrollo de un conflicto como deseo, lo que llevó a estos grupos a estar de un lado y de otro durante la guerra. La dominación social a la que estaban sujetos por parte de la oligarquía criolla llevó a identificar a éstos como los principales enemigos, porque eran evidentemente los antagonistas directos de clase, haciendo de la lucha de los primeros años una revolución profundamente social.

La dinámica de la relación entre ambos proyectos llegó a tener su máxima expresión en el año 1814, donde algunos autores consideran que al lado de la guerra de independencia se dio una verdadera revolución que expresaba los deseos de los sectores más empobrecidos de la sociedad, éstos se rebelaron contra todo el orden vigente generando una ola de violencia proporcional a la recibida durante siglos de explotación. Fue una época de ejercicio de las ansias niveladoras del pueblo que como ya se afirmó identificaron a los blancos criollos como el enemigo de clase inmediato.

Es necesario estudiar este  momento de la historia del país como un reflejo de la estructura de castas de la sociedad colonial, como su producto más inmediato, así como un punto en la historia de las rebeliones populares que marcaron el siglo XIX y que forma parte del imaginario político de los movimientos que luchan hoy en día contra sectores de la nueva oligarquía.

Para los criollos independentistas hubiese resultado mucho más beneficioso llevar a cabo una independencia al tipo de Estados Unidos, de bajo costo y rápida para terminar fuertes, pudiendo dedicarse al comercio con la vieja Europa, así jugar un papel preponderante en el siglo que se iniciaba. Los procesos mediante los cuales se pedía el reconocimiento formal de autonomías para las colonias en función de lograr finalmente la independencia demuestra el carácter conservador de esta élite política, que en el fondo se proponía hacer una revolución burguesa que no cambiara las relaciones sociales coloniales.  Lo que se quería era independencia para los blancos criollos sin emancipación para los sectores subalternos.

Será esa contradicción entre los intereses de las élites dominantes y las mayorías populares la que atizará el conflicto social, produciendo una revolución intestina donde los dominados respondieron con toda la rabia contenida en siglos de explotación. Esta lucha entonces es resultado de la misma condición en la que se encontraban los más empobrecidos, que no vieron en el proyecto independentista el reflejo de sus ímpetus y necesidades.

Los fenómenos sucedidos marcaron el carácter social nivelador de la lucha por la liberación en nuestro país, a diferencia de otras naciones latinoamericanas se trastocó toda la estructura colonial. La lucha y su dinámica sirvieron de ejemplo para todas las posteriores que se llevarán a cabo con el mismo espíritu emancipador, especialmente la guerra federal.  Para Vallenilla Lanz la condición interna de la guerra degeneró en que se destruyó esa oligarquía, haciendo imposible que a diferencia de Colombia por ejemplo tengamos todavía hoy a sus herederos directos en el poder, por supuesto el autor desde el positivismo le da un carácter negativo a lo acontecido, pero para nosotros marca el inicio de nuestras luchas populares y el verdadero contenido popular de las guerras por la liberación nacional.

Comprender la diferencia entre ambos objetivos permite situarnos hoy ante una independencia lograda a medias y una emancipación por la que debemos luchar, para que todos sectores revolucionarios se identifiquen con las banderas de esos zambos, negros, pardos e indios.

Manuel Azuaje Reverón.

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El 4 de febrero 1992 y el 11 de abril de 2002. Dos hechos éticamente contrapuestos.

El 4 de febrero 1992 y el 11 de abril de 2002.

  Dos hechos éticamente contrapuestos.

                Suele escucharse como  reclamo, afirmación efusiva más que un argumento, que no se puede hacer una exposición negativa de los actos del 11 de abril de 2002 llevados a cabo por la oposición venezolana, ni mucho menos referirse a sus protagonistas como golpistas, porque el 4 de febrero de 1992 se llevó a cabo también un golpe de Estado y que si se hace referencia a la primera fecha enunciada habrá necesariamente que expresar el mismo rechazo hacia la segunda.

Parecería innecesario hacer algún comentario al respecto, sobre todo por el tono necio y emotivo con el que suele lanzarse aquella frase sobre la condición de golpista del presidente Chávez, que pretende ser un argumento, pero que no lo es en la medida en que no considera una reflexión profunda con respecto a los dos momentos históricos. Pero para aquellos que deseen establecer una discusión seria con respecto a los contenidos de ambos fenómenos, deberán ser desarrollados algunos puntos.

El 27 de febrero de 1989 se desbordó, inicialmente en Guarenas y luego en Caracas, el descontento contenido de los sectores más pobres de la sociedad venezolana, éstos venían siendo excluidos continuamente de las políticas asistenciales de los diversos gobiernos y sintieron en las medidas tomadas por Carlos Andrés Pérez el punto máximo de ese proceso de invisibilización, hacerles pagar las condiciones de la crisis.

Salió masivamente el pueblo a la calle no solo a expresar su descontento haciéndose sentir, mostrando que existe y que no permitirá más atropellos sin reaccionar, sino también buscando cubrir sus necesidades materiales por medio del asalto directo a los comercios de alimentos, esos mismos que habían recién aumentado los precios hasta un doscientos por ciento.

El resultado inmediato es que se demuestra la pérdida absoluta de legitimidad de un sistema político que viene corrompiéndose cada vez más en la misma medida en que niega la transformación de recursos en políticas sociales directas, además de pretender hacer pagar a los sectores sociales una supuesta crisis, aplicando las profundamente impopulares medidas del Fondo Monetario Internacional.

Es deslegitimada toda la cúpula política del país por medio de una masiva manifestación popular que tiene por contenido un directo desconocimiento del gobierno en todos sus niveles. Esta pérdida de legitimidad se genera en dos niveles que se producen por medio de dos rupturas; una política y una ética. En lo político se caracteriza por la toma de decisiones que afectan directamente a los sectores sociales más empobrecidos, produciendo un rechazo directo que termina por originar una negación popular del sistema político en general. La ruptura en lo ético se produce cuando ante las masivas manifestaciones, el gobierno responde utilizando los medios de coacción en contra de la gente, reprime violentamente asesinando a una cifra hasta ahora inestimable de venezolanos.

Una vez que sucede esto queda patente la crisis estructural de un sistema político junto a sus representantes, que siendo incapaz de resolver por la vía política un reclamo, ante el temor expreso de la gente en las calles saca los fusiles y los usa contra su propio pueblo. Al suceder semejante conjunto de hechos se justifica ética y políticamente la rebelión contra ese sistema.

En el marco de este estado estructural de crisis irrumpe el movimiento militar del 4 de febrero, los participantes del mismo vienen organizándose con anterioridad al caracazo. A un descontento acumulado a lo interno de la institución militar se suma la culpa de tener que haber respondido violentamente contra el pueblo. A partir de esa pérdida de legitimidad del sistema que se expresaba en todos los sectores de la sociedad y la justificación ética de una rebelión, se producen la intentona de golpe que buscó tomar varios puntos militares a nivel nacional.

No habiendo podido cumplir con los objetivos el líder de ese movimiento el Teniente Coronel Hugo Chávez reconoce su responsabilidad y pide a los compañeros que cesen el enfrentamiento. Afirma que no se pudo por ahora, frente a los televisores se encuentran venezolanos que en todos los sectores sociales reaccionan, como públicamente expresaron después, diciendo que por fin alguien se hizo responsable de algo en el país.

Los responsables fueron presos, pero el descontento social en la nación seguía creciendo, se produce otro intento de golpe en Noviembre de ese mismo año. Las calles continúan siendo masivamente asaltadas por reclamos y movilizaciones. De igual modo crece el apoyo a esos militares que comandaron un golpe expresando los deseos de muchos, se aplica la censura para con el que luego será el líder de un proceso que innegablemente cambiará la historia de Venezuela. La legitimidad ética y política de la rebelión del 4 de febrero se demostró posteriormente cuando se consolidó un movimiento gigantesco a nivel nacional que llevó a ese Teniente Coronel y sus propuestas a la silla presidencial por vía de las urnas.

Al contrario, el ambiente nacional del año 2002, pese a estar cargado por una profunda conflictividad social, es radicalmente distinto, esa conflictividad viene dada por otras condiciones, se han ganado dos elecciones presidenciales y se aprobó por primera vez en la historia de la República una constitución por vía electoral y no por el consenso de los sectores políticos y económicos.

Se han tocado los intereses de los tradicionales sectores de la oligarquía, especialmente con la aprobación de un conjunto de leyes que buscan empezar una transformación real de las relaciones de producción y sus consecuentes relaciones de poder. Vale la pena especialmente mencionar la ley de hidrocarburos, que trastoca los intereses de la ya vieja meritocracia ejecutiva de PDVSA, la cual sin duda tenía un poder económico especial dentro de la nación; por otro lado se aprueba la ley de tierras, que busca proponer una nueva reforma agraria, profunda y estructural, que por supuesto afecta los intereses de sectores tradicionales del empresariado nacional.

Esos sectores se organizan y promueven el conflicto, usando los medios de comunicación para generar el odio y la división que adjudicarán al discurso oficial. Utilizan múltiples medios para crear una imagen a nivel internacional según la cual el país resulta ingobernable. Vienen planificando una conspiración, junto a parte de la cúpula militar, esa misma que es producto de los viejos poderes, la que forma parte esencial de la oligarquía; crean un plan para un golpe de Estado aliándose con sectores externos.

Usan a sus seguidores, a los cuales han venido motivando desde los medios de comunicación, promueven un paro nacional previo a la movilización que convocarán para el día 11, los llaman eufóricamente a dirigirse hacia Miraflores, sabiendo que no hay permiso para ir hasta allá, así como la presencia de multitudes afectas al gobierno. Los líderes desaparecer, abandonando a los marchistas en el medio de una trampa, cuyas pruebas están a la luz. Hacen uso de una policía local para generar una situación de violencia incontrolable, a través de francotiradores proceden a disparar contra sus propios seguidores, para luego junto a la policía atacar a los afectos al presidente que se encontraban cerca.

Todo esto significa que no sólo carecen de legitimidad social necesaria, actúan contra los intereses de la mayoría del pueblo, planifican encubiertamente un golpe de Estado, sino que además parte del plan consiste en engañar a sus propios marchistas para hacerlos matar en las cercanías de Miraflores. Han utilizado al pueblo venezolano como medio para conquistar sus fines, matarlos para generar una situación de confusión que sirva de telón de fondo para a través de la televisión pronunciarse desconociendo al gobierno nacional.

Estas acciones revelan un crimen fácilmente identificable con las caras más oscuras del fascismo, per supuesto un atentado contra todo lo ético y político. Los principios son puestos de lado para conquistar el poder por cualquier medio posible.

Finalmente, aquellos que participaron de forma abierta en las acciones, el día 12 creyéndose triunfadores se adjudicaban responsabilidades con el objetivo de que les dieran una tajada, hoy niegan su responsabilidad, afirman no haber participado en un golpe ni tener ninguna culpa respecto a los fallecidos.  No son capaces de dar la cara al país y especialmente a sus propios seguidores.

Son dos procesos históricos muy distintos: uno pertenece a la historia de las rebeliones populares a nivel mundial, a la historia de la emancipación; el otro forma parte de la historia de los golpes que las oligarquías nacionales en nuestro continente han perpetrado contra los pueblos.

Manuel Azuaje Reverón.

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¿Por qué todo 11 tiene su 13? Los movimientos populares revolucionarios. El 12 y 13 de abril de 2002.

¿Por qué todo 11 tiene su 13?

Los movimientos populares revolucionarios.

El 12 y 13 de abril de 2002.

En contraste fundamental con las acciones llevadas a cabo por la oposición, mientras éstos planificaban el asesinato masivo de venezolanos con el objetivo de desestabilizar en el marco de un golpe de Estado; Hugo Chávez decidió ir preso, ser arrestado antes de resistir, como podía hacerlo, para no producir más muertes. Es decir, mientras la oposición optaba por la muerte, el presidente Chávez resguarda la vida del pueblo por encima de la suya propia.

Toca analizar el proceso posterior a esos actos aciagos del 11 de abril. Porque todo 11 tiene su 13, ante los planes de la derecha que resultó abiertamente fascista, el pueblo desde tempranas horas del 12 salió a las calles masivamente a defender sus derechos, a defender los intereses de clase que ahora venían siendo cada vez más representados.

Este fenómeno es único a nivel mundial, que un golpe de Estado perpetrado por la oligarquía, los medios y sectores de la cúpula militar sea revertido por las masas populares, los cuales con su presión hicieron entender al resto del mando militar que sin el pueblo no hay poder posible.

Abundan las imágenes de un pueblo, que por encima de cualquier manipulación mediática se dio cuenta conscientemente de cuáles eran sus intereses y de que los debían defender costara lo que costara. Pero además, mientras la oposición derogaba una constitución aprobada por vía electoral, el ciudadano de los sectores más empobrecidos salía a las calles con esa misma constitución en sus manos a defender un sistema democrático que recién se había dado a sí mismo.

Resultó la máxima expresión de un cambio fundamental en la historia de Venezuela.  De un país con un sistema caduco, que no generaba la confianza de nadie, especialmente de los sectores sociales más empobrecidos, se pasó a tener un pueblo capaz de organizarse rápidamente en respuesta a una agresión directa, pudiendo identificar quién era su enemigo político y de clase. Vale acotar, organizarse desde sus propia capacidad orgánica para luchar, sin liderazgo inmediato, sino con la voluntad de algunos que codo a codo con la gente apostaron por la protesta y la movilización.

Se produjo entonces un contraste explícito en la sociedad venezolana, por un lado una oposición abiertamente conformada por la oligarquía y sus aliados, que llega a planificar el asesinato en masa de los ciudadanos, desde aquellos que se les oponen hasta sus propios seguidores; por el otro un presidente que pone su vida por la de la gente, que apuesta a la paz frente a la muerte, junto a él un pueblo cada vez más consciente y organizado en defensa de sus intereses y el sistema participativo y protagónico.

Es necesario recordar siempre de lo que esta oposición (donde siguen estando los mismos rostros) puede hacer para conquistar el poder y defender sus espacios. Pero también  ellos deben saber y recordar que el pueblo estará preparado para defenderse ante cualquier agresión, ahora más que nunca.

Manuel Azuaje Reverón.

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¿Por qué todo 11 tiene su 13? La oligarquía y la defensa de sus intereses. El 11 de abril de 2002.

¿Por qué todo 11 tiene su 13?

La oligarquía y la defensa de sus intereses.

El 11 de abril.

            Resulta pertinente hacer un análisis de los sucesos que se dieron entre el 11 y el 13 de abril. No sólo por conmemorarse diez años de éstos, sino porque en un año electoral toca visualizar cuál fue el espíritu de la oposición venezolana, cuyos rostros siguen siendo en su mayoría los mismos y que hoy se presentan con un discurso y actitudes defensoras de la democracia, que se desdibuja cuando revisamos estos fenómenos históricos.

El día 11 y los inmediatamente anteriores enseñaron el rostro y la capacidad que tenían esos grupos opositores para hacer lo necesario a fin de detener un proceso de transformaciones y particularmente desaparecer la figura de su líder Hugo Chávez.

Si algo importante sucedió fue que se reafirmó quiénes conforman ese bloque que resistía,  y aun hoy resiste, ante los cambios que trastocaban sus históricos espacios de poder. La meritocracia de PDVSA, que venía lentamente privatizando por partes la empresa más importante del país; los empresarios unidos bajo la figura de Fedecámaras, quienes no podían dejarse arrebatar el poder que garantizaba la explotación de los trabajadores venezolanos; los “líderes” sindicales reunidos en la CTV que traicionaron a la clase obrera y se aliaron a las patronales; la iglesia católica que era la principal aliada de la oligarquía para garantizar la dominación espiritual e ideológica.

Por último se unen los partidos con sus figuras más visibles, desde los tradicionales hasta los apéndices recién nacidos. Los menciono al final para destacar el poco poder con el que contaban en esa época dentro de la correlación de fuerzas de los sectores antes mencionados, teniendo una casi nula capacidad de decisión, lo cual por supuesto no excluye su responsabilidad.

No se puede dejar de lado la plataforma mediática que fue ofrecida para realizar y “garantizar” la realización exitosa del golpe. Los dueños de medios pertenecen orgánicamente a la oligarquía, representando sus intereses, al mismo tiempo frente a los poderes económicos, son en sí mismos un poder. Formando así parte esencial en la conspiración y determinando el modo como se ejecutaron los hechos.

La importancia de la formación visible de este bloque estriba en que por primera vez se articulan públicamente, mostrando quienes son los que están siendo tocados por las medidas ejecutadas por el gobierno nacional. De igual modo se observan los rostros de los que acumularon el poder durante toda la cuarta república y que no estaban dispuestos a perderlo sin luchar violentamente.

Detrás de todos estos personajes, por debajo de ellos, va una gran parte de la clase media alta y alta venezolana, que es la que se ha recibido durante años los beneficios del ejercicio del poder por parte de estos sectores. También van algunas personas que no perteneces a esos grupos sociales, pero que son movidos continuamente por los medios de comunicación.

Entonces, los sectores tradicionales de la oligarquía nacional se organizan públicamente. Muestran sus rostro, se articulación y alianza estratégica. Es básicamente una alianza contra el pueblo, porque ninguno de esos sectores representa ni se identifica con los sectores y movimientos populares. Queda así explícito como nunca antes el carácter de clase de la lucha actual en Venezuela.

Por un lado la oligarquía histórica, anterior y posterior al puntofijismo, junto a sus viejos aliados e instrumentos. Por otro, los movimientos sociales, los organizaciones populares, los trabajadores.

El otro aspecto esencial a destacar de estos hechos es la capacidad que tuvo la oposición para conspirar contra todos los ciudadanos; no sólo que habiéndose hecho pasar siempre por defensores de la democracia planifiquen un golpe en defensa de sus intereses de clase, sino que fueron capaces de enviar a sus propios seguidores a la muerte. Planificaron el asesinato en masa de venezolanos con el fin de tomar el poder.

La vida de los ciudadanos es el criterio sobre la base del cual se articula la política, cuando se atenta contra ella se abandona todo lo político y se pasa abiertamente al campo de la guerra. La oposición venezolana fue capaz de utilizar premeditadamente a sus seguidores para convertirlos en objeto de sus deseos de poder particulares, de igual modo planean el asesinato de sus antagonistas políticos.

Una vez que esa línea es traspasada  no hay vuelta atrás, el carácter de un sector queda marcado para siempre, se pierden todos los valores y principios éticos que puedan ser enarbolados, quienes fueron capaces de mandar a matar al pueblo pretenden aparecer ahora hablando de tolerancia, de paz, de progreso, en función de llegar por vía electoral al poder. No hay que olvidar de qué son capaces.

Manuel Azuaje Reverón.

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Entre la independencia y la emancipación. La rebelión de 1814.

Autor: Manuel Azuaje Reverón.

 

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             El acercamiento a un fenómeno histórico tan complejo como es la independencia analizada en su totalidad, representa uno de los retos más importante de la historiografía nacional, que desde sus diversas perspectivas se lo ha planteado. Éstos nunca han estado exentos de intereses concretos que se evidencian tanto desde la filiación política de una tendencia historiográfica como desde las características propias del pensamiento del historiador correspondiente. Tal cuestión ha sido objeto fundamental  tanto de la historiografía como ciencia del estudio de la historia, como de la hermenéutica como rama de la filosofía propiamente. No me propongo abordar mi tema desde ninguna de estas perspectivas, ni tampoco pretendo acogerme a la pretendida objetividad histórica; mi análisis lo haré desde la exposición de una tensión entre conceptos que se expresa en un cuerpo de fenómenos históricos.

Tal es una de las labores que le corresponde propiamente a la filosofía a la hora de estudiar la historia, no la de revisar documentos para alimentar versiones, si no la de plantear problemas conceptuales que tienen su origen en un momento histórico, haciendo una revisión de éstos en su desarrollo. Desde esta dimensión no es una preocupación de la filosofía vista así la de la objetividad histórica, entendiendo que si lo es para la filosofía de la historia (quehacer filosófico distinto al que me propongo), si no la de plantear una especulación filosófica llevada a su máxima consecuencia.

Es en tal sentido que me propongo revisar brevemente la tensión entre el concepto de independencia y el de emancipación que es el eje central desde donde Vladimir Acosta hace su análisis sobre los sucesos iniciales de las independencias latinoamericanas.  De modo que lo que planteo no es una cuestión original, en todo caso el tratamiento que le doy responde a mi interés particular en la etapa de la independencia que corresponde a la guerra de 1814, con el auge del movimiento “popular” realista bajo el mando de José Tomás Boves.

La importancia  que tiene esta etapa para la historia de Venezuela ha sido usualmente subestimada y se pretende ver con cierta organicidad la lucha independentista, sin tomar en cuenta muchas veces los diversos fenómenos que hacen a esta etapa histórica mucho más compleja de lo que se pretende usualmente. Tanto Acosta[1] como Uslar Pietri[2] coinciden en la importancia del fenómeno descrito por este último como “la rebelión popular de 1814”, afirmación que el primero pone en cuestión. Lo que sí está claro es que esta cruenta lucha que se llevó a cabo entre el año 1813 y 1814, fue uno de los fenómenos más sangrientos de la etapa independentista, que expresó los fuertes conflictos sociales que se venían acumulando durante todo el período colonial. Según Vallenilla Lanz[3] tales hechos determinaron la historia de nuestra nación.

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             Los procesos que terminan en la constitución de las repúblicas americanas (casi todos al inicio del siglo XIX) han sido caracterizados comúnmente como procesos independentistas, asumiéndose sin mucho detenimiento la idea de independencia como el gran objetivo de dichas luchas, que en algunos casos cobraron un tinte claramente más violento que en otros. Pero pretender asumir así un único esquema con el cual presentar todos los procesos y en general a todo el proceso regional, implica un error común de generalización que termina asumiendo en una visión simplista de la situación general de América. Si bien existe un claro parecido entre los estallidos independentistas,  similares en la formación de juntas, no es tan parecido el desarrollo de esas luchas en cada región, así como tampoco se dan de manera uniforme los procesos que en cada región devienen en la declaración de la independencia y su posterior logro.

Una mirada detenida a la idea de independencia descubre que ésta se ve cargada con un contenido que no parece ser nada claro a lo largo del proceso que deviene en la constitución de las repúblicas, tampoco tiene un contenido uniforme en todos los sectores de la sociedad colonial que se ve envuelta en las luchas de las primeras 3 décadas del siglo XIX.

Esta confusión será objeto de estudio por parte de Acosta, quién mesclando la visión filosófica con el discurso histórico, nos muestra la complejidad de la idea de independencia, que junto a la de emancipación consiguen hacerse fundamento de las guerras americanas de “liberación” (2011, p. 23).

La pretensión de convertir los dos conceptos en sinónimos, proviene de una visión desde la cual los objetivos de la guerra por la independencia se cumplieron en su totalidad, la cual hace una lectura del proceso independentista como un proceso histórico cerrado. Porque detrás de esa sinonimia solo se oculta el deseo de unificar la guerra, bajo un criterio desde el que desaparecen las diferencias sociales que fueron tan determinantes en su momento, haciendo de la guerra un proceso en el cual todos los sectores trabajaron juntos bajo un mismo objetivo. Un análisis crítico de esta visión permite afirmar “lo difícil que resultó unir en él (el proceso de independencia) las causas de la independencia misma con la causa un tanto confusa de la emancipación; o dicho en otras palabras la de la élite criolla con la de las masas populares.” (Acosta, 2010, p. 233).

De modo que detrás de la diferencia conceptual lo que se esconde es una diferencia profunda de castas ¿y por qué no? de clases, las cuales configuran un proceso de lucha complejo en el cual los intereses de éstas (especialmente en Venezuela) no se unifican bajo la bandera de la independencia desde un comienzo.

Al respecto este autor nos dice que:

…es necesario distinguir entre independencia propiamente dicha y emancipación, porque estrictamente hablando, la primera, la independencia, era el objetivo claro y definido de la oligarquía criolla, objetivo en lo esencial meramente político: independizarse de España, cosa que efectivamente se logra; mientras que la segunda, la emancipación, aunque nunca llegara a precisarse con igual claridad como proyecto debido a la debilidad, atraso político, falta de claridad ideológica y escasa fuerza orgánica de los sectores populares, era el objetivo –objetivo social, no logrado en aquel entonces- que estos sectores populares reclamaban aunque de modo confuso, y por el cual, cuando se decidieron a hacerlo o fueron arrastrados a ello, entraron a veces de un lado y a veces del otro en la lucha independentista encabezada por los criollos (p.25).

Es a partir de esta idea central desde donde haré la revisión de la guerra del año 1814, como una pretendida lucha social a la cual podríamos comprender en su momento como una expresión de los deseos de emancipación popular venezolanos, que no fueron comprendidos por los criollos hasta 1816 cuando se asumen compromisos directos con los sectores populares llevando a la configuración de un ejército patriota hegemónico[4].

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            Parece innecesario tener que explicar la importancia del período que va del año 1813 al año 1815, que tiene su momento cumbre en la lucha del año 14, donde realmente se aprecia la magnitud del movimiento encabezado por Boves. Pese a que pueda pensarse hoy en día así, no es el estudio de este período un tema recurrente de la historiografía venezolana y menos uno centrado en la figura del ejército realista  y sus características.

Al respecto Juan Uslar Piertri dice en el prólogo de “la historia de la rebelión popular de 1814” (2010) que fue “el suceso social de más envergadura que registra la Historia de la Emancipación americana. No encontramos un hecho igual en ninguna parte del continente” (p. 1), siendo así lo sucedido durante este período nos caracteriza y caracteriza nuestro período independentista dentro del panorama de toda América. Frente a la cautela con la que trata el tema Acosta, Uslar se lanza a afirmar que:

“en Venezuela, y esto es lo interesante del asunto, hubo además de la guerra de independencia una revolución, estructuralmente hablando, contra los patriotas que hacían la independencia. Revolución esta que no tuvo nada que ver con el Rey de España ni con el realismo, sino todo lo contrario, tuvo características democráticas y niveladoras.”

Más adelante haré una revisión de estas afirmaciones en contraste con el análisis de Acosta, para luego revisar también los productos del trabajo que al respecto hace Carrera Damas en “Boves, aspectos socioeconómicos de la guerra de independencia” (1972). Por ahora me interesa dejar en el tapete la importancia con la que Uslar se refiere al hecho, y la trascendencia de los fenómenos que sucederán alrededor de esta cruenta guerra, así como los efectos que tendrán para la comprensión de nuestros problemas nacionales.

Estos sucesos se convierten en materia prima para el estudio tanto de la constitución de castas de la sociedad colonial, como de las tensiones presentes dentro de dicha estratificación, de manera que representan una fuente maravillosa para la comprensión de la conflictividad social de la época colonial y su expresión sobre la guerra de independencia. Esta permitirá también extender un análisis del tipo que hace Vallenilla en la antes mencionada “psicología de la masa popular” (1999), que fuera de las pretensiones positivistas sirve para comprender los fenómenos sociales propios de la convulsionada Venezuela del siglo XIX, como aquellos que aún son producto de intensos debates nacionales en la actualidad.

Para una evocación dejo parte del discurso incendiario de Uslar Pietri sobre la relación entre nuestra guerra del año 1814 y la de 1793 en Francia: “Pues si bien en Francia la revolución fue exclusivamente en París, en Venezuela fue en todas partes, principalmente en el campo. La nuestra fue mucho más popular entre las masas que la francesa. Más agraria que citadina”.  (2010, p. 4).[5]

3.

            En la América española los procesos que derivaron en la formación de las repúblicas empezaron casi todos por la conformación de juntas, que llamadas a defender los derechos de Fernando VII son resultado de la crisis española del año 1808. Resulta fundamental para la comprensión de los sucesos bélicos que caracterizaron a nuestra independencia, profundizar en la aparición de esas juntas, las cuales tenían características similares.

La aparición de éstas se da de forma análoga en el Alto Perú, el virreinato de La Plata, Nueva Granada y la capitanía General de Venezuela, lo cual no puede resultar casual, generando dos interpretaciones; o que se gestó producto de todo un plan orquestado por las oligarquías criollas regionales, lo cual supone una capacidad orgánica inexistente entre las colonias americanas. O que la formación de estas juntas sea producto de una crisis que tocara a todas ellas. Ésta es propiamente la crisis española de 1808 que se caracterizó por la formación  de juntas en defensa de Fernando Séptimo frente a la invasión napoleónica a España. (Acosta, 2010, cap. V).

La influencia de la crisis española sobre la independencia es clara, podemos pensar que es el detonante principal para la conformación de las juntas, que una vez distanciadas de la metrópolis iniciaron un proceso indetenible que culmina con la declaración del la independencia (al menos en el caso de la capitanía general de Venezuela), lo que es importante destacar es el movimiento juntista español que ante la invasión francesa crea la Junta de Aranjuez, la cual presionada termina siendo la de Sevilla, para finalmente constituirse antes de su desaparición como Junta de Cádiz. Luego de todo ese proceso termina constituyéndose el Consejo de Regencia. Es este Consejo el que decide cambiar la manera como se percibe a las colonias pasando a considerarlas integrantes plenas de la corona española, haciendo que su estatus de colonia desaparezca (ibíd.). Por supuesto que decisiones de este tipo van a carecer de legitimidad debido a la crisis institucional en la que se encuentra España, pero eso no impide que este cambio de estatus afecte directamente a los habitantes de las colonias.

Aunque es notable la condición de causa de la crisis antes mencionada, resulta simplista y ideológicamente situada la idea de que la totalidad del proceso independentista depende del liberalismo Español y de la invasión francesa.

Es por eso que “se trata, pues, de que resulta falso y además interesadamente manipulador pretender que todo el proceso de independencia hispanoamericano librado contra España, y victorioso contra ella sea una mera consecuencia y proyección ultramarina de la crisis española de 1808”( p. 64). Y el historiador nos lo ratifica:

Y es falso porque una cosa es admitir como innegable que el inicio de las luchas americanas que conducen luego a la independencia nace en forma directa de la situación española de 1808, y otra muy diferente asignarle de manera arbitraria a España el protagonismo en nuestras luchas independentistas. (Ibíd.)

Antes de pasar a hablar directamente de la constitución de las Juntas, vale la pena hacer un breve comentario sobre la pretensión inicial de los criollos de llevar a cabo una independencia a los Estados Unidos de Norte América. La independencia de Estados Unidos se caracteriza por ser una guerra que puede ser analizada desde la perspectiva de las revoluciones burguesas, ya que siendo un proceso rápido y de bajo costo le permitió terminar lo suficientemente fortalecida como para jugar el papel que jugó en el siglo XIX. Podríamos pensar  que la inicial pretensión de los criollos al formar las juntas es mucho más cercana a una independencia de este tipo, que al proceso en el que se vio envuelta.

En el caso específico de la Junta Suprema de Caracas, las intensiones iniciales pese a no ser del todo claras apuntan a pensar en un proceso destinado a lograr la autonomía, concebida ya en algunas pretensiones de las Juntas españolas. Evidentemente hay quienes desde la aparición de la junta habrán estado pensando en independencia, pero las acciones de ésta hacen considerar que esos “radicales” no tenían influencia determinante en los destinos del confuso movimiento juntista venezolano[6].

Los miembros de la junta son caracterizados como “un conjunto de hombres moderados, a los que para el porvenir de sus negocios no convenía el monopolio económico de esa España decadente y atrasada” (Uslar Pietri, 2010, p. 11), y lo que principalmente perseguían al momento de plantear la independencia era una que “no significara, en manera alguna, lesión de los intereses por los cuales efectuaban semejante movimiento. Es decir ni guerra con España ni trastornos internos.”(ibíd.)

De modo que un movimiento que nace con un  claro sentido moderado y conciliador, pasa a declarar la independencia en el año 1811 sin estar pensando en emancipación en el sentido planteado con anterioridad, es decir independencia para los blancos criollos sin emancipación para los sectores populares. Pero rápidamente la conformación de la Junta Suprema de Caracas despertará los más profundos resentimientos sociales que se encontraban ocultos bajo la piel de la sociedad de castas colonial (Acosta, 2010), generando una guerra que desangrará al país los próximos 4 años.

4.

            Las pequeñas rebeliones de carácter popular que se dieron durante el siglo XVIII y más atrás desde la instalación misma de la corona española en estas tierras nos permiten destacar el carácter de odio racial con el que se dan,   que muchas veces desorganizadas y anárquicas hicieron temblar a los blancos, criollos y peninsulares por igual. Evidentemente detenernos en ellas requeriría un trabajo aparte, pero si me parece importante recalcar, cómo rebeliones como la de José Leonardo Chirinos y la del negro Miguel forman parte del imaginario colonial para el momento del inicio de la independencia[7], especialmente la última por ser más reciente al período de 1810-1815. Es importante subrayar también la imagen que causó sobre las elites gobernantes la revolución independentista de Haití.

Inmediatamente antes de la rebelión del 19 de abril de 1810, ya se habían dado intentonas por parte de los criollos para tomar el poder, especialmente una conspiración en la que se involucraba a las milicias de pardos, pero nada que pudiera ser considerado une estallido popular.

Pasemos ahora a revisar los alzamientos populares en contra de la declaración de independencia, que se dieron alrededor de los primeros días de conformada. El primero es una rebelión de pardos que se da en Valencia y que fue socavada rápidamente, cercano a ésta se dan un conjunto de alzamientos en los Teques y en barlovento, desde donde se movilizan cantidades de negros cargando armas rudimentarias, razón por la que es fácil detenerlos. El sector realista blanco, entre canarios, peninsulares y algunos criollos es el que moviliza a estos grupos, ya que al ver pronta la toma de medidas que no les conviene “recurrirá, como medio último y desesperado, a la temida insurrección de ‘castas’, armando los negros del Tuy contra los blancos mantuanos” (Uslar Pietri, 2010, p. 12).

Todos estos alzamientos iniciales carecen de espontaneidad necesaria como para categorizarlos de inmediato como rebeliones populares, ya que como se observa en todos los casos eran esclavos movilizados por los blancos realistas, los cuales los iban alzando como modo de presión contra Caracas. La razón para que esto sucediera así es que la relación entre las autoridades españolas y la iglesia con los sectores populares había sido de mediación frente a la explotación criolla para con los negros, así como de los intereses igualitarios de los pardos. Y otra razón mucho más importante para nosotros es que la independencia como se estaba proclamando no tenía ningún sentido para estos sectores,  que además desconfían de quien alza las banderas por la liberación, porque constituye la élite opresiva inmediata (Acosta, 2010, p. 201). Porque en todo caso “los pardos quieren igualdad social y política y los esclavos emancipación, libertad plena” (ibíd.).

EL carácter conservador de la independencia proclamada en el año 1811 se observa en las afirmaciones que se hacen en la Gaceta de Caracas del 26 de julio de 1811 entre las cuales se lee: “La esclavitud honrada y laboriosa nada debe temer estas medidas de economía y seguridad, con que el gobierno procura el bien de los habitantes del país” (Gaceta de caracas, 1811, citada en Uslar Pietri, 2010, p. 35).

Evidentemente que no son nada más los realistas lo que alebrestan a los sectores populares, sino que son también los minoritarios radicales republicanos los que lanzan proclamas de igualdad, aparentemente en ninguno de los casos hay consciencia plena de lo que puede significar aflorar los viejos resentimientos internos entre las castas. Los esclavos y los pardos van a ser objeto de manipulación durante los meses siguientes a la declaración de independencia, lo cual desencadenará los conflictos que entre el año 1813 y 1814 terminaran aterrorizando a todos los blancos sin distinción.

Dentro de esos movimientos y confusiones se pretendió acusar permanentemente a Miranda de buscar una guerra de castas desde donde nivelar a los pardos, haciendo uso de los negros en la guerra. Llegando Roscio a acusarlo de ser la cabecilla detrás de una conspiración encabezada por un pardo apellidado Galindo, que pretendía tomar el poder teniendo por banderas la libertad y la igualdad (Uslar Pietri, 2010, p. 31).

Contrariamente a esta pretensión Miranda recluta a los negros de las haciendas, pero no les ofrece la libertad plena, al contrario les ofrece la posibilidad de comprarla, pero aquellos que no han de tener como pagarla deberán regresar a los campos a su condición de esclavos (p. 54). En la misma medida en que se suceden promesar por parte de los republicanos y los realistas, los negros se alzan en los campos buscando que se cumpla con lo prometido, un ansiada libertad. Luego de caída la primera república se logrará desarmar a estos grupos, devolviéndolos (no sin dificultades) a su vieja condición.

El período que corresponde a “la campaña admirable” no está determinado por una presencia importante de negros o de partos, más se puede observar cómo se dio el caso de ciudades que luego de que quedaban indefensas eran atacadas por negros o por pardos que cometían atropellos en las misma. Tal es el caso de Valencia, donde al ser abandonada por Bolívar se cometen una cantidad de atropellos contra la población blanca, que no pueden ser expresión más que de profundos desprecios de casta.

En este punto es necesario mencionar el decreto de guerra a muerte, que para Acosta (2010) sólo es expresión directa de una situación que ya venía sucediendo, tiñendo el territorio nacional tanto por parte de los realistas como de los patriotas (p. 203).  Es importante señalar que en este planteamiento Acosta coincide con Carrera Damas quién afirmará que el proceso de saqueos y asesinatos se dio por igual en ambos bandos, y que pese a que la población civil se vio más afectada por el “fenómeno Boves”, en ambos casos hay abusos (Carrera Damas, 1972), comprender así la guerra permite desvanecer en parte el carácter mercenario del numeroso y popular ejército realista. Ya que “también del lado republicano se produce una violencia parecida, a una guerra a muerte, guerra sin cuartel, porque es necesario responder a la brutalidad de los realistas” (Acosta, 2010, p. 209).

De modo que el decreto de guerra a muerte (el cual merece un trabajo aparte) viene a expresar la manera sangrienta como se venía dando la guerra, así como el conflicto inmediatamente social de un grupo de castas sin identidad patria compartida.

El apoyo popular al sector patriota en estos tiempos es prácticamente nulo, y por las razones antes expresadas es más bien el sector realista quien aglutina grandes cantidades de negros y pardos, especialmente de los llanos. Esta característica permitirá a Uslar Pietri afirmar que el ejército patriota estaba constituido por un grupo de militares regulares y entrenados en la guerra española, mientras que el desordenado ejército realista con un alto conocimiento del terreno se manejaba desde una guerra instintiva y por eso mismo más aventajado. Por supuesto que Boves tenía una ventaja que expresa su apoyo popular, tenía la capacidad de aglutinar un gran ejercito en muy poco tiempo.

Estamos hablando entonces de un momento histórico en el cual:

Se pasa, así, en cosa de meses de la llamada República Boba, con su liberalismo, su legalismo y sus tentativas de moderación de los conflictos, a la explosión social, a la lucha popular y revolucionaria que alcanza su plenitud entre 1813 y 1814, lo que pronto convierte a la lucha venezolana por la independencia en el más violento, complejo, costoso y lleno de dificultades de todos los procesos independentistas hispanoamericanos (Acosta, 2010, p. 202).

De este modo es esta guerra la que hecha por el piso las pretensiones de la segunda república, culminando ésta con el abandono de Caracas por parte de Bolívar y lo que se conoce como “la emigración de oriente”. Pero detengámonos con más detalle en el fenómeno que produce esto, porque aquello que causa la pérdida de esta república y que no sea hasta 1816 que se puede volver a iniciar la lucha, no es un  férreo sentimiento de amor al rey o un deseo de las masas de volver al sistema colonial, “es una verdadera insurrección popular cargada de odio social y de violencia racial, en la que el papel protagónico lo tiene los llaneros, encabezados por Boves, su caudillo” (p. 206).

El paso de Boves y su ejército por las principales ciudades centrales de Venezuela, para culminar con los saqueos y asesinatos de Cumaná, ha sido frecuentemente relatado a partir tanto de los que dejan testimonio presencial de los mismos, como de su vicario José de las Llamosas. Llama la atención como es recurrente la afirmación de que dentro de su tropa permite toda clase de libertades, siendo ésta un espacio de real democracia, en el cual reivindica a los soldados sin distinciones de castas, obteniendo cargos oficiales tanto pardos como negros (Uslar Pietri, 2010, p. 106), este ejercicio del poder por parte del caudillo se expresaba en su propia personalidad, la cual consiste en una profunda y sincera simpatía entre sus soldados y él, con los cuales se relacionaba como iguales, sin por ello dejar de imponer el respeto necesario en un ejército de este tipo. Francisco Tomás Morales nos afirma que “sus soldados le adoraban y le temían y entraban en las acciones con confianza de que su valor y denuedo había de sacarlos victoriosos” (citado por Uslar Pietri, 2010, p. 107)[8].

Esta manera como se relaciona Boves con sus soldados es digna de un análisis detallado que no tengo tiempo de hacer, pero que merece especial atención en cuanto a la conglomeración de hombres con el sólo deseo de la venganza y el saqueo, que no se acopló al lenguaje de los criollos independentistas acusado de abstracto y romántico, sino que se ajustó a una realidad social latente (p. 109).

Dejo aquí el bando de Guayabal en su totalidad, documento objeto de especulaciones diversas en cuanto a los deseos y objetivos de Boves y sus rebeldes.

Circular

Don José Tomás Boves, comandante en Jefe del Ejército de Barlovento, etcétera.

Por la presente doy comisión al capitán José Rufino Torrealva para que pueda reunir cuanta gente sea útil para el servicio, y puesto a la cabeza de ellos pueda perseguir a todo traidor y castigarlo con el último suplicio; en la inteligencia que sólo un creo (sic) se le dará para que encomiende su alma al Creador, previendo que los intereses que se recojan de estos traidores serán repartidos entre los soldados que defiendan la justa y santa causa, y el mérito a que cada individuo se haga acreedor será recomendado al señor Capitán Comandante General de la Provincia. Y pido y encargo a los comandantes de las tropas del rey le auxilien en todo lo que sea necesario.

Cuartel General del Guayabal, noviembre 1º de 1813

José Tomás Boves (Uslar Pietri, 2010, p. 113. Subrayado mío).[9]

El miedo generado por el ejército de Boves y las reacciones ante éste toca directamente a los líderes españoles que apoyan la causa realista, lo que hace entender que éstos no controlan a ese grupo de soldados pardos y negros que les están entregando la victoria a unos costos muy altos. Hecho que se evidencia incluso en las pretensiones fallidas de pacto entre los españoles y los patriotas detrás de la cual está la amenaza que representan los negros alzados. Amenaza que van a seguir presentando ya sin líder después de la muerte de Boves, cosa que advierte Llamosas pidiendo a España que envíe un contingente lo suficientemente grande como para desarmar a los negros y eliminar la milicias de pardos (Ibíd. p. 114-115).

Esta interpretación de los hechos acaecidos durante el período que va desde 1813 a 1814 de nuestra lucha independentista, le permite a Uslar Pietri afirmar que:

En realidad, esta lucha de razas era una sublimación de la lucha de clases, pues los blancos eran los poseedores de todas la riquezas de Venezuela, y los negros y pardos, los “parias” de esa organización social. Inconscientemente, en su lucha contra los blancos, aquellos hombres no hacían otra cosa que acabar con los propietarios.

Y más adelante:

En Venezuela se derramó más sangre en aquel año que en toda la Revolución Francesa. Ningún pueblo ha conocido lucha de clases de esa magnitud… (pp. 112 y 117).

Evidentemente es necesario hacer una revisión crítica de las afirmaciones en cuanto al carácter de clases y revolucionaria de esa lucha. Creo que si bien no se pueden distinguir objetivos claros de clase, como la toma del poder o una concreta política agraria, eso no impide pensar que en sí misma esa guerra y su forma, expresa la compleja y opresiva estructura de castas propia de la época colonial, que tiene en la guerra criolla por la independencia un detonante fundamental. No se distingue detrás de ella un claro objetivo revolucionario, y más bien el ejercito de Boves permite que los realistas cumplan objetivos específicos, en tanto que se derrota al ejército patriota aplastantemente. No existiendo una capacidad organizativa que permitiera expresar los anhelos de las castas en políticas concretas, la lucha se diluye en acciones producto del desprecio racial, como antes se ha afirmado.

Por otro lado no existe evidencia concreta de una política de exterminio de todos los blancos, ya que fuera de los discursos incendiarios y algunos testimonios impregnados de un subjetivo racismo, “Boves se entiende de las mil maravillas con los blancos españoles y con los criollos y oligarcas” (Acosta, 1810, p. 220). No hay tampoco claridad en cuanto a la existencia de una lucha abierta y sistemática contra la esclavitud, ni contra la oligarquía terrateniente realista.

Pese a ello no deja de plantearse que la manera como se ha tratado el tema ha consistido:

En una lectura sesgada y simplista que deja de lado o ignora toda la dimensión social y toda posible propuesta revolucionaria presente o implícita en su lucha, la historia oficial republicana reduce a Boves a la condición de mero jefe de bandidos, asesino, sádico, autor de crímenes espantosos, y para colmo realista y reaccionario (p. 218).

En todo caso me corresponde comprender el período en la justa dimensión de las acciones, sin por ello pretender una objetividad histórica simplista, que impida acercarse a los fenómenos más filosófica y sociológicamente. Es desde ahí desde donde emana la imagen de un Boves que más que un justo revolucionario, configura la imagen del “primer caudillo popular de Venezuela”, extendiéndose esta afirmación hasta “el primer jefe de la democracia venezolana” (Acosta, 2010, p. 218).

5.

            Germán Carrera Damas en su libro “Boves, aspectos socioeconómicos de la guerra de independencia” se dedica a hacer una revisión documental que tiene por objetivo comprobar las infundadas ideas sobre las que se ha construido la imagen de Boves, especialmente aquella que lo aclama como un redistribuidor de la propiedad.

Esencialmente el trabajo forma parte de un estudio más completo sobre economía que se titula “materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela”, razón por la cual el libro en su totalidad se refiere a el tema de la propiedad. Me interesa comentar para mi análisis las conclusiones del autor y algunas críticas que hace a la manera como se ha tratado el tema de Boves, y particularmente de la guerra de independencia en el período que estoy estudiando.

Principalmente para el año 1968 en el cual se hace la primera edición del libro, es de vital importancia la construcción de una historiografía que se acerque con mayor seriedad a los hechos históricos desde el uso preciso de documentos de la época. Es por esta razón que el acercamiento que hace Carrera es desde esta perspectiva, buscando presentar un Boves alejado de los mitos y las pretensiones de la historia oficial.

El primer punto con el que concluye el autor consiste en precisar la necesidad de despejar la visión de un Boves vándalo que procede del establecimiento de una dicotomía bueno-malo, bien-mal, que responde a un sentido religioso con el que se ha interpretado la historia posteriormente al  establecimiento de  la república, porque al contrario de esta visión el caudillo realista “hubo de adaptarse a las condiciones económicas y hacendarias generales de la guerra, al mismo tiempo debió ofrecer alguna respuesta a tensiones sociales innegables” (Carrera Damas, 1972, p. 248).

Esta conclusión se genera luego de que a partir de una revisión documental se pudiera contrastar que el fenómeno del saqueo se dio casi de igual manera en realistas y patriotas, dedicándole Carrera un apartado a los saqueos patriotas, afirmando que son las condiciones de la guerra en sí misma las que conducen a ciertos comportamientos de los ejércitos. Aún así no se puede evitar destacar que las actuaciones de los patriotas fueron menos violentas que las de los ejércitos de Boves.

Un segundo punto considerado de mayor importancia para el autor ya que es el principal objeto de su estudio, es la relación entre Boves y la propiedad. Centrado el análisis en quienes (como Uslar Pietri) pretenden construir una imagen de un Boves repartidor de la propiedad y de la tierra, sustentándose dicha construcción en “El bando de Guayabal” antes colocado, se dirige la crítica entonces a algunas pretensiones de la historiografía marxista de construir un Boves “héroe revolucionario” (Ibíd, p. 249.).

Como conclusión al tratamiento de este segundo tema Carrera afirma que el forma que se le ha dado ha sido inadecuado, tanto en lo que corresponde a metodología, como al uso de documentos, ya que ante la ausencia de documentos suficientes que puedan sustentar la afirmada visión del “Boves agrarista” más bien aparecen documentos que nos muestran un Boves que protege la propiedad, los cuales no son tampoco suficientes, pero si generan un análisis contradictorio, resultando exagerado afirmar cosas opuestas con respecto a este punto (ibíd.).

Con respecto a lo que corresponde directamente a las políticas agrarias, se hace una revisión de la estructura social de los llanos venezolanos, llegándose a la conclusión que ante la ausencia de documentos que muestren políticas destinadas a la repartición de la tierra, aparece más bien el fenómeno del robo de ganado, ya que este si era “símbolo social de riqueza” para los llaneros, provenientes de un territorio donde la propiedad de la tierra no estaba establecida claramente (Ibíd. p. 250)

Finalmente concluye Carrera planteando que:

…la acción de José Tomás Boves en el orden económico-social, en el sector estudiado por nosotros, no difiere básicamente de la actuación de jefes militares que le precedieron, le acompañaron o lo sucedieron, como amigos o enemigos –exceptuando a Bolívar en lo tocante a su política de repartición de bienes nacionales en pago de haberes-, en vista de que esta acción constituyó tan sólo una adecuación a condiciones objetivas de valor determinante general (Ibíd. p. 251).

Considero que si bien el trabajo de Carrera Damas permite presentar una revisión documental de un hecho histórico, tan complejo como lo fue la guerra de independencia en el período estudiado, termina siendo insuficiente por si solo para acercarse a las dimensiones sociales del hecho. Hacer depender todo un proceso social del análisis de la acciones del caudillo, termina por acoplarse a una visión caudillesca de la forma como se comportan las masas. Las dimensiones sociales y filosóficas de un fenómeno de este tipo pese a que se sustentan en la historiografía, pueden superar algunas limitaciones de ésta[10].

6

            Voy a comentar ahora alguno de los argumentos centrales que con respecto a este tema podemos encontrar en Vallenilla Lanz. El planteamiento raíz con el que inicia la compilación titulada “Cesarismo Democrático” es el siguiente:

Nuestra guerra de independencia tuvo una doble orientación pues, a tiempo que se rompían los lazos políticos que nos unían con la madre patria, comenzó a realizarse en el seno del organismo colonial una evolución liberadora en cuyo trabajo hemos consumido toda una centuria (…) (Vallenilla Lanz, 1999, p. 20)

Vallenilla hace este planteamiento a comienzos del siglo pasado, cuando sabe que es un reto a la historiografía tradicional, afirmar la condición endógena de una guerra, donde tradicionalmente se ha hecho creer que ésta se dio con claridad entre bandos. Sabe la importancia de lo que dice, razón por la que enseguida argumenta que si se ve la guerra como una lucha entre hermanos, los  guerreros de ésta cobran más valor.

El argumento principal consiste en que veamos la guerra de independencia como una guerra intestina, como una guerra civil. Para nosotros no es una novedad porque venimos mostrando autores que afirman lo mismo, e incluso con un aval documental mayor que el de Vallenilla, pero para el momento en el que éste lo dijo fue de gran importancia para la comprensión de las dimensiones internas de la lucha por la independencia. No me dedicaré en este punto a redundar, más bien voy a enunciar algunas ideas de Vallenilla que considero son fundamentales y los otros autores tratados no tocan, o por lo menos no lo hacen en el mismo sentido.

En la cita anterior se puede apreciar que el autor está claro en la importancia de la guerra de independencia vista como un fenómeno social interno, sabe de las implicaciones que tuvo el fenómeno de la guerra de castas para la conformación social del país. Y me importa recalcar esto porque dimensiona dos aspectos de los objetivos de la guerra; la ruptura con España, considerado el hecho independentista, y lo que llama “evolución liberadora” a lo interno de la sociedad colonial, que dentro de nuestro esquema conceptual podríamos concebir como el fin emancipatorio, siendo aclarado por el autor que dicho fenómeno no ha terminado.

Destaca más adelante que no se había tomado consciencia hasta ese momento de la trascendencia del fenómeno social que representó la guerra civil, la cual terminó cambiando todo el desarrollo histórico nacional,  afirma y mantiene un argumento cercano al que esbocé con anterioridad al hablar de Estados Unidos y su modelo independentista; si hubiésemos tenido un conflicto homogéneo configurado desde dos bandos claros, venezolanos-españoles, la independencia hubiese sido como la de Norte América, significando que no se hubiesen trastocado la estructuras sociales de castas colonial, permitiendo la permanencia de una élite criolla dispuesta al desarrollo y a mantener la estabilidad social[11] (Vallenilla Lanz, 1999, p.25).

Sucede que todo este fenómeno transforma la sociedad colonial y determina las condiciones futuras de la sociedad republicana:

Porque Venezuela ganó en gloria lo que perdió en elementos de reorganización social, en tranquilidad futura y en progreso moral y material efectivos. Nosotros dimos a la independencia de América todo lo que tuvimos de grande: la flor de nuestra sociedad sucumbió bajo la cuchilla de la barbarie, y de la clase alta y noble que produjo a Simón Bolívar no quedaba después de Carabobo sino unos despojos vivientes (…) (Ibíd.)

Vallenilla le dará a nuestra guerra civil y de independencia, en su carácter de lucha de castas un papel tan preponderante en la historia de Venezuela, que llega a ubicarla como la primera de una serie de “contiendas civiles” que caracterizaron el siglo XIX. Asignándole un papel fundamental en la formación de dos bandos políticos que han hecho uso indiscriminado de los elementos que motivaron la rebelión (p. 34)

Y comprende las dimensiones del hecho un Vallenilla que sabe que detrás de las consignas a favor del rey vienen velados un grupo de intereses y pasiones, que nada o poco tienen que ver con la consigna misma, y que son los que movilizan a las masas en sus posteriores alzamientos (p. 22).

Hay un último punto que me interesa destacar dentro del desarrollo argumentativo del autor, y es el del carácter civil de la guerra de independencia  en su totalidad temporal. Tanto Acosta como Uslar Pietri mantienen que el apoyo popular masivo a la causa realista se da entre 1813 y 1814 culminando en 1815[12],  y que es a partir de esta última fecha donde propiamente se puede hablar de una guerra internacional en la medida en que llegan las tropas de Morillo, siendo así, se podría hablar de guerra civil propiamente en el primer período  anterior a la llegada de la expedición española.

Pero Vallenilla mantiene que la guerra de independencia se sostiene desde una doble condición de guerra internacional y guerra civil durante toda su duración, enfatizando su carácter intestino. Esto porque prácticamente Morillo viene a apoyar y fortalecer los ejércitos que ya se encuentran aquí y que no son propiamente españoles, afirmando el autor que la condición que le permiten al ejército español mantener la guerra hasta la batalla de Carabobo es la presencia de “venezolanos” en sus tropas, y que no es hasta que estos empiezan a desertar masivamente que la balanza se inclina irremediablemente hacia el bando patriota (Vallenilla Lanz, 1999, pp. 28-31). Cabe destacar también que se hace alusión a las guerrillas realistas que permanecen hasta entrado el año 1830 apoyadas por nacionales.

7

            De manera extensa he ido mostrando la complejidad del proceso independentista en su totalidad, pero especialmente del período que va desde 1813 a 1814, en el que con la campaña admirable y la conquista de caracas por Bolívar se despiertan el más profundo problema de la época colonial, la división social en castas. La guerra a muerte y la constitución de los ejércitos realistas bajo el mando de José Tomás Boves “el taita” no son más que productos -entre muchas otras cosas- de una crisis generada en el seno de una sociedad determinada por los odios raciales y de clase.

La importancia que va a tener este período para la independencia es fundamental, ya que marca una brecha decisiva entre las circunstancias e ideas que rodearon a la declaración de la independencia y el nacimiento de la constitución de 1811, así como a todo el proceso de lucha independentista que se da a partir de 1816 cuando entran en la escena desde el lado patriota los ejércitos llaneros al mando de Páez, los mismos que en su constitución lucharon del lado del Boves realista en el año 1814. Entendiéndose así, es válida la afirmación de que sin esta cruenta lucha social, con la que se sacan a la luz los odios producto de una estructura opresiva colonial, no hubiéramos  logrado la independencia como la logramos. De modo que el fenómeno estudiado determina las características intrínsecas de las luchas de la América española, especialmente de Venezuela, a la cual llega a diferenciarla de otros procesos  de la propia América. Y las determina porque como es reconocido por todos los autores estudiados, se produce un intenso proceso de igualación social, desde donde al menos en el plano espiritual, las capas más bajas de la vieja sociedad colonial expresan claramente sus deseos y sus pasiones. Y bien sea para constituirnos en una sociedad con menos desarrollo que las otras, como afirma Vallenilla, o sea para despertar un  profundo sentido democrático, como lo enuncia Juan Uslar Pietri, esta etapa de nuestra historia nos constituye como sociedad y marca el inicio de una cantidad innumerable de luchas que con el mismo fondo movieron los cimientos de la Venezuela del siglo XIX.

No podemos pensar que la influencia directa de estos fenómenos es nada más sobre el ya aislado siglo XIX, sino que creo corresponde estudiar la influencia directa que se ejerce sobre el imaginario social de la Venezuela actual, donde tanto los temas –en el plano teórico- como las banderas –en el plano político práctico- parecen estar más vivos que nunca. Quedan fenómenos por estudiar como el papel del líder y en este caso el nacimiento de la figura tan determinante en nuestra historia como es la del “caudillo”, así como la del “pueblo” que lo sigue causando “terror” en las capas “civilizadas” de la sociedad venezolana.

Es en este sentido que creo que desempolvar los conceptos de independencia y emancipación, a fin de hacer una seria revisión de sus contenidos, pasa por acercarnos mejor a este período, donde ambos conceptos parecen no fundirse en un proyecto único, si no que constituyen objetivos expresados en una lucha antitética. Verlos así permite comprender entonces la influencia que tiene su uso en la política actual, porque rescata para la actualidad el papel de una independencia que algunos hoy en día califican de “inconclusa”[13].

No quiero terminar sin calificar el carácter filosófico de una discusión de este tipo. Creo firmemente que el discurso histórico resultado de un tratamiento problemático filosófico es uno de los productos directos de una investigación. El acercamiento que se hace, desde el cual se determinan los problemas, resulta el elemento fundamentalmente filosófico, como se da por ejemplo con la revisión conceptual y de ideas que se manejan en un momento determinado. Dicho acercamiento al hacer uso de la historiografía, sin limitarse a ésta como dije antes, produce un discurso histórico con contenido filosófico, que si no se da puede resultar un signo de alerta que nos lleve a revisar nuestra metodología y contenido de trabajo.

Bibliografía citada.

–      Acosta, V. 2010.  Independencia y Emancipación, élites y pueblo en los procesos independentistas hispanoamericanos. Caracas: CELARG.

–      Carrera Damas, G. 1972. Boves, aspectos socioeconómicos de la guerra de independencia. Caracas: Ediciones de la Biblioteca, Universidad Central de Venezuela.

–      Uslar Pietri, J. 2010. La historia de la rebelión popular de 1814. Caracas: Monte Ávila Editores.

–      Vallenilla Lanz, L. 1999. Cesarismo Democrático. Caracas: Libros de El Nacional.

Otra bibliografía consultada.

–      Acosta Saignes, M. 202. Dialéctica del libertador. Caracas: Ediciones de la biblioteca-Universidad Central de Venezuela.

–      Britto García, L. 2010. El pensamiento del Libertador: Economía y Sociedad. Caracas: Banco Central de Venezuela.

–      Carrera Damas, G. 1992. Simón Bolívar Fundamental. Tomo II. Caracas: Monte Avila editores.

–      Dussel, E. 2007. 20 Tesis de política. Caracas: Fundación editorial el perro y la rana.

–      Grases, p (comp.) (2010). Pensamiento político de la emancipación venezolana. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

–      Pino Iturrieta, E. 2007. La mentalidad venezolana de la emancipación. Caracas: bid & co. Editor.

–      Vaamonde, G. 2008. Diario de una rebelión (Venezuela, Hispanoamérica y España). Caracas: Fundación empresas polar.


[1]  Vladimir Acosta, Independencia y Emancipación. Texto publicado en 2010 y merecedor de una distinción como obra destacada en el premio internacional de investigación sobre la emancipación. En este el autor aborda los inicios de las independencias en la América Hispana, tomando como perspectiva de acercamiento la diferencia entre independencia y emancipación. En la última parte del libro dedica una apartado a la lucha popular en Venezuela.

[2] Juan Uslar Pietri publica en 1953 su libro “La historia de la rebelión popular de 1814”, en el cual haciendo uso de algunas categorías de corte marxista se acerca al período histórico comprendido desde el 19 de abril de 1810 hasta la llegada de Morillo en 1815 con un gran ejército español. Pretende establecer un análisis sobre las características de clase que componen la guerra del año 1814, intentando determinar el sentido revolucionario de la misma.

[3]  Laureano Vallenilla Lanz en sus conocidos ensayos recopilados bajo el título de “Cesarismo Democrático” hace un análisis caracterizado por su interés y formación dentro del positivismo, desde el cual ilustra la guerra que se da entre los años 1813 y 1815, afirmando que es de absoluta importancia para comprender el desenvolvimiento de la historia Venezolana, poniendo especial atención a lo que él llama el estudio de la “psicología de la masa popular”.

[4] Hago uso del concepto de hegemonía en el sentido en el que lo expresa Dussel en sus 20 tesis de política “Hegemónica sería una demanda (o la estructura coherente de un grupo de demandas) que logra unificar en una propuesta más global todas las reivindicaciones, o al menos las más urgentes para todos” (p. 57). En el caso concreto de la lucha independentista dicha hegemonía desaparece cuando al fundarse la república las demandas populares no son satisfechas.

[5] Coloco las partes más llamativas del discurso de Juan Uslar Pietri por su ligereza y efervescencia ya que me permiten llamar la atención sobre las dimensiones que presenta la discusión y lo que se permite decir sobre ella.

[6] Para un estudio detallado de los hechos que llevan a la aparición de la junta, así como de sus acciones, recomiendo la revisión de la recién editada compilación de textos de ese período titulada “Diario de una rebelión”, trabajo realizado por Gustavo Adolfo Vaamonde (ver bibliografía).

[7] No quiero decir que exista una relación directa entre las rebeliones de inicios del proceso de independencia y estos movimientos, pero sí creo que determinaron la forma en la que los blancos en general veían los alzamientos de esclavos.

[8]Cita extraída por Uslar del texto de Antonio Rodríguez Villa “El teniente don Pablo Morillo”, 1912, p. 92.

[9] Citado por Uslar de los “Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia. Publicados por disposición del Ilustre Americano general Guzmán Blanco, etcétera. Imprenta de La opinión Nacional, de Fausto Teodoro de Aldrey, Caracas, 1876, Tomo I, p. 271.

[10] Recomiendo seriamente la lectura del trabajo de Carrera Damas (ya que no me he podido detener detalladamente en las ideas expresadas y su forma de exposición) especialmente a lo que se atiene su crítica a las visiones que sobre los hechos estudiados da Laureano Vallenilla Lanz en las páginas 187, 205 y 229.

[11] Es notable que en los textos Vallenilla hace afirmaciones propias del positivismo. Al mismo tiempo que en una misma página de un párrafo a otro ataca al ejército  realista de Boves para luego alagar al ejército patriota de Páez sabiéndose que en esencia es el mismo.

[12] Acosta enfatiza el paso de los llaneros al bando patriota, destacando las medidas de corte popular tomadas por Bolívar (2010, p 228-231). Uslar Pietri Llega a afirmar que con la llegada de Morillo es cuando “La verdadera lucha de independencia va a comenzar” (2010, p. 227), comentando después la transformación en la personalidad de Bolívar y su relación con una tropa conformada por sectores populares.

[13] Entrecomillo aquellas palabras detrás de las cuales hay contenidos y planteamientos distintos, dejándolas abiertas como materia para futuras investigaciones.

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El compromiso orgánico.

28 de marzo de 2012

La discusión con respecto a la transformación interna que debemos hacer en cada uno de nosotros lleva directamente a pensar el tipo de compromiso que asumen o deben asumir los teóricos de la izquierda. En este caso se presenta la idea de que ser un experto marxista o un “intelectual de izquierda”, no tiene necesariamente que ver con un compromiso real con los más necesitados y con la emancipación de los pueblos.

No solo se trata de la unidad necesaria entre teoría revolucionaria y práctica revolucionaria, sino de que esta última tenga por contenido esencial esa profunda sensibilidad social que lamentablemente pocos intelectuales tienen. Muchos se asumen como la vanguardia, los dirigentes exclusivos, los que deben iluminar al pueblo; cuando de lo que se trata realmente es de acompañar a ese pueblo y ser orientado por él, porque son sus acciones el contenido final de toda reflexión.

Valdría la pena afirmar entonces la urgencia de ser un intelectual orgánico, porque esa organicidad hace referencia a la condición vital. Frente al intelectual de mármol, al elitismo académico que consagra su figura a ser una de esas vacas sagradas que deben ser consultadas sobre todos los temas, el intelectual comprometido palpita con la gente, camina codo a codo con los pueblos en su lucha, porque se integra orgánica-vitalmente a la lucha de los más necesitados.

Evita cristalizar las teorías, sacralizar a los autores, porque no le interesan los textos como un conjunto de ideas muertas, tanto por su invalidez, como por la pretensión de que sean esquemáticamente válidas en todo momento y contexto. No espera tampoco y teme profundamente que sus propias ideas terminen cobrando el carácter de sacrosanto manual para el cambio revolucionario.

Lo orgánico es lo vivo y en este sentido tanto el dirigente como el intelectual deben vitalizar sus acciones y actitudes. Cada una de ellas debe estar cargada de una profunda capacidad de sentir realmente los dolores y padecimientos de quienes necesitan que se exija el cambio de un sistema que no es capaz de mantenerse sobre la base de los niveles de explotación y humillación a los cuales se somete a la mayoría de la humanidad. En la medida en que éste sea el contenido de una teoría, será orgánica, viva y practicable, será una práctica teórica.

Manuel Auazje Reverón.

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Sensibilidad Social y Conciencia Revolucionaria.

25 de marzo de 2012.

En los tiempos que corren y a lo largo de estos doce años de proceso no son pocos los que han llegado a él con el único fin de sacar alguna tajada, desde ganancias económicas hasta una parte del poder del Estado; algunos se han aferrado durante años a un cargo, otros han pasado por muchos y los hay quienes recién llegaron hace algunos años, habiendo pasado los momentos duros refugiados en sus casas o hasta marchando para la campiña.

Otros son los que llenos de ilusiones, del espíritu revolucionario, consiguieron algún puesto en las instituciones públicas y se han visto abordados por ese desalentador ambiente en el cual la burocracia mella  las ganas de cambiarlo todo. Pasa que o se convierten en burócratas o se desilusionan a tal punto que se les ve como van perdiendo la chispa que caracterizó su espíritu inicial. Suelen  ser una pérdida dolorosa para la lucha. Pero también muchas veces se pueden desburocratizar, recordándoles el sentido final de todo esto, o volviéndolos hacia ese pueblo que en cada trinchera pelea día a día.

Vale la pena de igual modo recordar a aquellos que siguen sosteniendo el espíritu con el que llegaron y desde ahí  batallan intensamente, sin ellos ya esto seguramente hace tiempo se hubiera estancado de forma definitiva. Son esos los que con humildad, coraje y fuerza se enfrentan a ese espíritu de derechización que anda por ahí, muchas veces personificado y coloquialmente, jodiendo.

Los que he descrito primero suelen ser no solo altamente peligrosos, sino que además le hacen el favor  directo a la contrarevolución, ya que por más que intenten aparentarlo sus acciones no van acompañadas del espíritu necesario para llevar a cabo las transformaciones que hacen falta. Por otro lado resultan bastante hábiles a la hora de asimilar el discurso hasta a veces claramente radical que caracteriza a los sectores que vienen luchando para profundizar  el cambio.

Por esta razón es necesario que podamos identificar a estos sujetos que se apropian de las palabras y símbolos de la izquierda con el único fin de poder satisfacer sus intereses particulares. Debemos entonces buscar un elemento que deba estar presente en quien está comprometido seriamente. Aquello que caracteriza el contenido de las actitudes de quien lleva una praxis sincera es la sensibilidad social, sin ésta las palabras resultan vacías y las acciones superficiales.

La sensibilidad social debe ser la forma que envuelve el contenido de toda acción revolucionaria, por más que se intente no hay manera de fingirla, siempre se notará lo falso y sobreactuado de la misma. Su ausencia se hace patente cuando en la intimidad, el círculo cerrado, o en lugares donde no es necesario fingir, estos funcionarios muestran sus actitudes racistas, clasistas, homofóbicas, machistas y otras del mismo tipo, antivalores. En las instituciones que dirigen, en el trato inmediato con los trabajadores se nota claramente cuál es el carácter del compromiso de muchos de esos que en público y frente a las cámaras se rasgan las vestiduras por el pueblo.

La exposición de la sensibilidad como forma del contenido de toda acción revolucionaria dirige el tema a la formación sociopolítica y comunitaria. Una vez que está presente podemos hacer posible que el sujeto de la transformación en los espacios comunitarios aprehenda las herramientas teóricas, los instrumentos de interpretación necesarios para darle una mayor capacidad a sus prácticas y a la lucha. Es ésta la que permite que los miembros de las comunidades reconozcan la lógica y estructura de la dominación, así como a sí mismos y a sus compañeros de clase como objeto de la explotación. A través se reconoces en el otro a la víctima del sistema, en todos sus niveles, político, económico, cultural.

En el caso contrario están quienes manejan la teoría, o aquellos que han reconocido la falsedad del sistema de legitimación impuesto cultural, ideológica y epistemológicamente por el capitalismo como un conjunto de verdades incuestionables. Son aquellos, por ejemplo, a los cuales les asalta la duda con respecto a lo que se ensaña en las universidades y empiezan a formar un criterio crítico de esos sistemas teóricos y verdades. A éstos debe orientárseles para que la crítica teórica se haga crítica social, y aunque sea más complejo, será necesario formar esa sensibilidad social que deberá derribar las barreras impuestas por los antivalores actuales.

Es por ello que la formación y actualización de la sensibilidad social es esencial a la hora de generar conciencia revolucionaria, porque no hay garantía de permanencia más que en su fortalecimiento continuo a través del compromiso y cercanía con aquellos que padecen materialmente a diario los embates de la burguesía. Se deben combatir todos los antivalores que permanecen dentro de nosotros, y que se fomentan en función de evitar la cohesión social y el reconocimiento orgánico del sufrimiento del otro que lleva a activar la lucha.

Manuel Azuaje Reverón.

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