Ponencia: Filosofía de la Filosofía Latinoamericana

Ponencia presentada en la semana de la filosofía en la escuela de filosofía de la UCV

Caracas, 17 de noviembre de 2010

            1.

             Ya van 168 años desde aquel 1842 en el que Juan Bautista Alberdi proclamó la necesidad de una filosofía Americana. Después de él en el siglo XX se han desarrollado múltiples planteamientos filosóficos como respuesta ante esta inquietud, los cuales han incluido un arduo estudio de la historia del pensamiento latinoamericano, así como del pensamiento estrictamente filosófico, que en función de diversos marcos teóricos, han elaborado periodizaciones y concepciones en torno a los problemas fundamentales que se le han de presentar a una filosofía latinoamericana o a un filosofar en América.

Este acervo que puede ser considerado actualmente como una tradición filosófica, no resulta homogéneo, ni siquiera se podría afirmar fácilmente la existencia de escuelas filosóficas latinoamericanas, más si de tendencias que han marcado al pensamiento, porque desde la realidad transdisciplinaria de los estudios latinoamericanos, diversas corrientes de pensamiento se han visto constituidas por interpretaciones desde la psicología, la sociología, la historia y por supuesto la filosofía (teniendo un impacto importante en las expresiones culturales concretas como lo son el arte y la literatura). Este hecho ha significado que sea complejo caracterizar los momentos históricos, aunque no ha sido una limitante para que se elaboren esquemas de acercamiento a las ideas del continente. En función de ello, el quehacer filosófico latinoamericano parecía tener como tarea principal la recuperación, reconstrucción y preservación de ese pasado desde una caracterización concreta de dicha labor.

La existencia de temas fundamentales de la filosofía latinoamericana es uno de los puntos de debate más importante, ya que el quehacer filosófico en este continente ha tenido por eje un cuerpo de problemas a los que ha pretendido dar respuesta, y esta respuesta ha sido considerada por muchos como filosofía; la pregunta por la existencia de la filosofía en el continente, por la posibilidad en presente y futuro de la misma, la pregunta por una cultura auténtica conjuntamente con la pregunta por la identidad. Al respecto, hay quienes afirman que estos son los temas que corresponden propiamente al ejercicio filosófico en estas tierras, de modo que en parte corresponde reconstruir históricamente las diversas respuestas ante estas preguntas, para desde este conjunto de temas poder replanteárnoslos haciendo filosofía tanto en el preguntar como en el responder. Esta idea, considero, nos mantiene en un filosofar endógeno e intrascendente, ya que si bien cada respuesta en tanto que histórica tiene un contenido distinto, la filosofía latinoamericana ha de salir de una discusión consigo misma para abrirse a una discusión intercultural, que signifique diálogo con los filósofos de los otros continentes, para ello es necesario que debatamos y generemos categorías filosóficas, que en tanto que humanas y universales puedan ser compartidas internacionalmente.

Surge entonces la necesidad de enfrentar ese pasado filosófico desde el presente, en función de considerar cuáles debates son actuales y no forzar el cuerpo del debate filosófico a cuestiones que podrían estar ya cerradas. Se tratará de preguntar entonces si mantener ciertas cuestiones abiertas no implica más bien posibilitar que se siga cuestionando la existencia misma de un pensamiento auténtico. Si, tras aproximadamente 80 años de debates y textos en los que se ha afirmado la existencia de un filosofar propio (auténtico o inauténtico) quienes intentamos plantear y defender esas afirmaciones seguimos cuestionando dicha existencia, hacemos posible que sigan apareciendo quienes consideren que no existe tal cosa. En la medida en que ciertos temas no sean considerados ya una cuestión del pasado que es necesario madurar, seguiremos dando razones para que se considere la inexistencia de la filosofía, localizada en nuestra experiencia concreta como individuos introducidos en una realidad. Esta necesidad justificativa de la filosofía nos encierra en un círculo vicioso del cual resulta difícil salir.

Se hace urgente revisar el papel de la filosofía en la elaboración de la historia de las ideas en el continente, que si no se delimita bien podría estar haciéndose desde una perspectiva justificativa que responde a los problemas tradicionales de la filosofía: establecer la madurez cultural de América Latina y a su vez la autenticidad de su pensamiento. Esta labor era importante en la medida en que se hacía necesario generar una conciencia histórica de nuestro pasado filosófico y cultural. Pretender que la labor actual de la filosofía consiste en seguir intentando justificar su propia existencia, sería seguir introducidos en una dinámica desde la cual no se avanza hacia la generación de conceptualizaciones propias de lo nuestro, que puedan convertirse en un aporte filosófico para la cultura universal, ya que como dice Zea, el comienzo de nuestra filosofía es ser historia de las ideas pero en la medida en que se cobra consciencia de la importancia y originalidad de estas, es necesario avanzar hacia un desarrollo filosófico original sobre lo nuestro.

En este sentido, considero que es fundamental distinguir dos dimensiones del estudio y acercamiento a la tradición filosófica latinoamericana: una didáctica, desde el cual se estructura un acercamiento a nuestro pasado filosófico con el objetivo de enseñar y difundir el mismo en las academias, y una creativa que consiste en presentarse ante esa tradición con el sincero objetivo de plantearse el papel de la filosofía en la actualidad y cuáles son las labores que ésta tiene ante la posibilidad creativa de categorías propias. Lo ideal sería que se dieran las dos cosas, y que el abordaje con fines pedagógicos se diera desde un producto conceptual filosófico original, que permita un acercamiento claro a eso que se constituye como un pasado filosófico.

2.

A partir de esta distinción considero importante el papel de la definición de lo filosófico en la búsqueda por la respuesta respecto a la posibilidad de la filosofía. Se ha afirmado que preguntarse por la posibilidad de la filosofía en el continente es ya hacer filosofía, porque fue necesario tener claro qué se entendía por esta, en la medida en que se hacía necesario establecer la diferencia entre la filosofía y otras expresiones de las ideas latinoamericanas.

Considero, que en tanto no se aclara qué se entiende por filosofía en el pensamiento latinoamericano, la organización periódica de las ideas termina por englobar todas las formas del pensamiento en el continente sin tener especificidad en cuanto a lo que corresponde propiamente al análisis filosófico, terminando este constituido como un “discurso secundario”, organizador de las expresiones de las llamadas ciencias humanas a saber: la historia, las letras, las artes y las ciencias sociales. Terminaría la filosofía teniendo un papel como ordenadora del pensamiento, que, como he comentado antes le corresponde en un estado previo a la realización propiamente categorial y que tiene por fondo la necesidad justificativa.

En este sentido, es necesario, para todo abordaje histórico de las ideas estrictamente filosóficas una conceptualización clara de lo que por filosofía se entiende, para desde este concepto poder identificar las expresiones auténticas o no de la filosofía en el continente. Al respecto, Pablo Guadarrama comenta que es preciso a la hora de clasificar a los filósofos latinoamericanos saber como se expresa en ellos el problema de “la relación ontológico-gnoseológica” ya que de no hacerse esto se “correrá el riesgo de diluir cada momento o cada representante de nuestra cultura filosófica en una heterogeneidad exquisita que impida la comprensión científica de la historia de la filosofía en esta parte del mundo”. Le corresponderá entonces a la filosofía contemporánea establecer el camino transitado por ésta y sus expresiones en el continente, en función de mostrar aquello sobre lo cual podemos avanzar. Resulta iluminador el trabajo desarrollado por José Gaos (al cual considero una de las expresiones auténticas de la filosofía en América. Español trasterrado y discípulo de Ortega y Gasset, no se cohibió al considerar los problemas de la filosofía latinoamericana a la vez que ser traductor de las investigaciones lógicas de Husserl así como del ser y el tiempo de Heidegger, del mismo modo que hizo aportes importantes a la fenomenología y al existencialismo) en 1944 sobre el pensamiento hispanoamericano, en el cual establece antes que nada las características de su proyecto en tanto que lo define como historiográfico entendiendo por historiografía a las labores filosóficas, científicas y literarias respecto al objeto histórico que es América Latina, se propone hacer filosofía haciendo de ésta historiografía del pensamiento en América Latina, pero precisamente establece que cuando se refiere a pensamiento lo hace considerando diversas expresiones de éste en tanto que forma de la vida humana, existe un pensamiento que se expresa como; filosofía, la cual está constituida por objetos sistemáticos y trascendentes, siendo éstos, eternos temas posibles de un sistema, y como “pensamiento” en tanto que se constituye de objetos inmanentes, humanos, por lo tanto históricos y circunstanciales, pero que usa como forma los métodos de la filosofía y la ciencia. Esta diferenciación permite que Gaos establezca que cuando hace historiografía del pensamiento se refiere al anteriormente mencionado en unión con la filosofía, es decir que esclarece cual es el objeto filosófico de estudio, categorizando antes de avanzar en lo que a la labor se refiere.

En la medida en que se hace necesario establecer de qué modo se puede hacer filosofía en la actualidad, es imprescindible tener un concepto claro de la misma que permita tanto acercarse a un pasado como establecer vehículos de comprensión para el presente y el futuro. Precisamente como dice Guadarrama no podemos pretender considerar por filosofía todo aquello que se denomina como tal, y para que esto no suceda es necesario que se tenga “claridad teórica respecto al concepto de esta disciplina que siempre presupondrá el ejercicio del pensamiento y la capacidad racional de análisis sobre un objeto de máxima generalidad, con la intención de determinar cómo se constituyen los principios de la realidad e inducir la actitud que se debe asumir ante ella”.

Es por esta razón que la definición hace de matriz desde el cual se puede establecer aquello propiamente filosófico y descartar elementos que le corresponden a otras áreas del conocimiento, lo que no quiere decir que en la actualidad no sea necesario estar en contacto con todas las formas de interpretación de la realidad, pero la filosofía no puede entrar en relación con estas en la medida que no tiene claridad en cuanto a sus propias funciones.

3.

Una vez establecida la importancia del papel de la definición, considero necesario plantear lo que a mi modo de ver se constituye como uno de los temas centrales a debatir en la América Latina con respecto a la reflexión estrictamente filosófica.

Pensar el papel universal de la filosofía y sus expresiones concretas, genera la necesidad de esclarecer la relación entre lo concreto y lo abstracto, entre lo universal y lo particular. El desarrollo filosófico con respecto a este tema es variado, pero se centra en la problemática de la concepción de la filosofía como universal, mientras que se reflexiona sobre lo particular concreto de la existencia latinoamericana. Al respecto, Guadarrama comenta que es necesario “conocer no solo la trayectoria ascendente y progresiva en sentido general de la filosofía universal sino la forma específica en que esta se ha expresado en estas tierras como parte de esa universalidad”.

Es importante considerar que la idea de la universalidad de la filosofía fue usada para descartar la posibilidad de algo así como la filosofía latinoamericana, considerándose que la labor filosófica tiene por objeto elementos transcendentales y universales los cuales no pueden estar localizados. De este modo, no puede haber filosofía local sino labor universal. De manera que volver a plantear el problema de lo universal y lo particular en la filosofía implica reformular el propio concepto de filosofía en función de la comprensión de la propia realidad. Para Guadarrama es importante que la búsqueda de lo filosófico este determinada por la pertenencia a lo universal, de las experiencias específicas del pensamiento filosófico latinoamericano. Se expresa de este modo una filosofía cuyo carácter universal no impide que tenga “expresiones singulares.”

Se llegó a considerar durante mucho tiempo que la pretensión de una filosofía latinoamericana, traía consigo la idea de estudiar solamente lo concreto de la realidad latinoamericana sin relación alguna con el quehacer universal de la misma, pero acota precisamente Guadarrama que en la medida en que “los principales propugnadores (de la filosofía latinoamericana) han coincidido en el carácter universal de la filosofía, estos conceptos (los generados por dicha filosofía) han logrado un mayor nivel de concreción y ajuste a la producción de ideas filosóficas que se realiza en el ámbito latinoamericano, como sucede en cualquier otra parte del mundo, y en tal sentido pueden ser, y de hecho son, más utilizados en la actualidad”. Lo que quiere decir que el reconocimiento de la relación entre los productos conceptuales generados a partir de la realidad concreta y el contenido universal de la filosofía, permite que estos sean estudiados y debatidos a nivel mundial y por los latinoamericanos que no producen pensamiento filosófico sobre el continente.

Al respecto Gaos es citado por Leopoldo Zea como uno de los que esclarece esta cuestión estableciendo que la filosofía se preocupa por su propia realidad, por los auténticos problemas que ésta plantea, siendo ésta la motivación de toda la filosofía, razón por la cual la de aquí no puede ser distinta. De este modo, cuando el americano hace filosofía, hay filosofía americana en la medida en que ésta pretende responder a los problemas propios de la realidad de quién la hace. Así, se considera que la filosofía no debe estar limitada por lo americano sino partir de esta realidad para transcender hacia lo universal, lo que importa es lo filosófico en tanto que -en palabras de Gaos-  “actitud frente al mundo, en el afán por resolver los problemas que se presentan al hombre”. Lo particular y concreto de la realidad americana no puede significar una limitación para el despliegue de la filosofía como condición universal de la actitud del hombre frente a su realidad. Se plantea la pretensión de verdad universal que aunque se acota de inmediato que no es posible su realización, aún así debe ser un norte en el estudio y el establecimiento de lo que podría afirmarse como la verdad americana. Lo americano en la filosofía se da de inmediato por la propia condición de nuestra existencia, ya que si se está haciendo filosofía, se está pensando en función de los problemas planteados por nuestra realidad y ésta es americana, pero es real también nuestra pertenencia a algo mayor, la humanidad toda.

Esta pretensión de estudio de lo particular y lo universal ha caracterizado uno de los modos como se ha dado la filosofía. Nuestro punto de partida es esa realidad concreta, propiamente como una búsqueda de solución ante los problemas más inmediatos del hombre, porque los filósofos europeos no se cuestionaron su propia originalidad y autenticidad. La preocupación principal del pensamiento generado en el continente consiste en la necesidad de integración de nuestra cultura con la considerada universal, siendo entonces, los modos de acceder y ser reconocidos por la filosofía universal una de las razones por la que se establece el debate justificativo de la existencia de la filosofía en el continente. Planteándose entonces el papel del estudio de la realidad inmediata en relación con el ejercicio filosófico universal, en palabras de Zea se establece que “lo concreto, la diversidad de lo concreto, lejos de hacer imposible la esencia de lo humano lo hace real”.

4.

Si se hace una revisión de la idea de universalidad en la filosofía vista de este continente se puede apreciar que, en un primer momento Europa fue considerada la cultura universal y la filosofía en tanto que universal es el modo de ser en esta. De  este modo de concebir la filosofía depende la interpretación inicial que hace Zea de las necesidades americanas de integrarnos culturalmente a Europa al mismo nivel que ella, y no desde un sentimiento de inferioridad, es decir que el primer proyecto universalizante de la filosofía en América consistió en demostrar nuestra pertenencia a la cultura occidental y universal en tanto que es una y la misma cosa. Surgida esta idea a partir de la crisis cultural occidental de la postguerra, genera dos movimientos, uno desde el cual nuestra inferioridad implica que a partir de la crisis podemos diferenciarnos como un otro no totalmente europeo; y otro desde el cual el reconocimiento de nuestro carácter cultural europeo, implica que podamos concebir nuestra labor filosófica desde la generación de aportes conceptuales que ayuden a occidente a superar esa crisis. Sobre eso Zea dirá que: “el no haber podido se europeos a pesar de nuestro gran tamaño, permite que ahora tengamos una personalidad; permite que en este momento de crisis de la cultura europea, sepamos que existe algo que nos es propio, y que por lo tanto puede servirnos de apoyo en esta hora de crisis.”  Es decir que esa crisis nos hace notar que tenemos algo que no es propiamente europeo, pero que eso no niega nuestra pertenencia a la cultura europea en el papel de hijos, es desde ese descubrimiento de un algo diferente que se puede hacer un aporte a la cultura occidental. Y luego con respecto a esa colaboración afirmará que “una de las tareas de esta posible filosofía americana sería la de continuar el desarrollo de los temas propios de esa cultura, pero en especial los temas que la filosofía europea considera como temas universales…-y agrega-… los problemas que tales temas planteasen y que no hubiesen sido resueltos por la filosofía europea o cuya solución no fuese satisfactoria”.

Producto de un proceso de transformación histórica de la comprensión de lo filosófico y lo que se considera como cultura universal, se puede apreciar un segundo momento que hoy en día vive su tiempo de mayor producción teórica. En éste se pasa a pensar la cultura universal como un conjunto de desarrollos culturales en el cual participan todas las culturas que habitan en el planeta, no siendo ya “cultura universal” la universalización de la cultura occidental, sino que sin ésta perder validez ni importancia entra a formar parte de un espectro cultural más amplio. Desde esta visión, América se pude redefinir no ya como propiamente occidental sino como una civilización independiente, no por ello sin influencias culturales diversas, siendo así que nuestro aporte filosófico a la cultura universal y a la filosofía universal se hace desde nuestra propia validez como cultura. Ésta visión ha recibido aportes desde la filosofía desarrollada en el hemisferio, lo cual implicó una discusión enmarcada en el problema de lo universal y lo local en el desarrollo de la filosofía, que planteaba un concepto de filosofía entendiendo lo universal en esta, el propio desarrollo de la humanidad toda y no sólo de la cultura occidental. En este sentido la labor filosófica que se estableció en el primer momento (que consistía en generar aportes conceptuales para resolver los problemas de la crisis cultural occidental) se plantea ahora como la necesidad de generar nuevas categorías de comprensión, que siendo producto del análisis de nuestra realidad puedan significar aportes para la comprensión de la humanidad, entrando en diálogo con otros productos filosóficos y culturales auténticos. Al respecto consideró en el año 71 que se ha de “reorientar lo filosófico hacia una meta auténticamente universal, por su reconocimiento de lo humano en cualquier forma en que se haga patente, sin discriminación social, cultural, religiosa, política o racial alguna.”

La filosofía hecha en América latina en palabra de Zea no puede tener la pretensión de edificar un paradigma de lo humano a partir de su propia experiencia y pretender convertir “sus problemas y soluciones en los únicos problemas y soluciones del hombre, de todos los hombres”. Al contrario, le corresponde concebir perspectivas más amplias desde las cuales en diálogo con los otros hemisferios se pueda generar “un ideal de hombre en el que cualquier hombre pueda reconocerse y reconocer a los otros”. Esto pasa por “hacer patente esa humanidad que la pretendida universalidad del pensamiento europeo negaba a otros hombres -mostrando- un nuevo tipo de universalidad de lo concreto en cuya cuenta, hasta recientes fechas, ha caído el europeo”.

La reflexión filosófica contemporánea sobre lo americano debe partir desde estas conclusiones. Reconociendo la validez cultural del continente, y así la validez de la filosofía elaborada aquí. Podemos avanzar en función de generar categorías a partir de nuestra realidad, cuyas características permitan ser compartidas al mismo nivel con la filosofía producida en otros lugares.

No se trata de negar el estudio del pasado filosófico, sino que ese estudio no se haga desde un enfoque justificativo y reductivo, sino desde el reconocimiento de nuestra validez cultural y el proyecto creativo. El estudio del pasado filosófico de América se plantea como una herramienta para el establecimiento del papel de la filosofía aquí y ahora, y no como una limitante para el desarrollo de lo propio.

Manuel Azuaje.

Bibliografía consultada.

            Gaos, J. 2008. Filosofía de la Filosofía. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Guadarrama, P. 2008. Pensamiento filosófico latinoamericano. Caracas: Fundación editorial el perro y la rana.

Zea, L. 1991. La filosofía como compromiso de liberación. Caracas: Biblioteca Ayacuto

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